El Espíritu Santo: la persona más ecuménica sobre la faz de la tierra

Cuando regresaba a Perú de la 44º Asamblea de la Iglesia Adventista de la Promesa en Brasil, hace seis años, no dejaba de ver en el monitor del avión el lugar exacto por donde estaba volando la nave. Había un mapa de América del sur con sus respectivas divisiones y un avioncito encima de la frontera Perú-Bolivia, observando al avioncito que estaba sobre la línea que divide ambos países, decidí mirar por la ventana hacia la tierra y no vi ninguna línea que dividiera nuestros naciones. En el monitor sí se veían las líneas divisoras, líneas que fueron dibujadas por el hombre, pero mirando la tierra desde el cielo no se ve ninguna, estas sencillamente no existen.

Meditando en esto, pude apreciar la realidad que vive la Iglesia actualmente: Los creyentes le hemos creado un sin número de divisiones. Hoy, ella es como aquél mapa de América del Sur, en el monitor del avión, con muchas líneas divisoras. Se dice que existen más 22 mil denominaciones cristianas en el mundo (dato provisto por el investigador David Barret), es decir, 22 mil líneas divisoras en la Iglesia hechas por el hombre. Pero, a pesar de esto, pienso que si pudiéramos ver al pueblo de Dios, tal y como él lo ve, si tuviéramos la óptica del cielo, si intentáramos ver la Iglesia “desde arriba”, desde donde está Cristo sentado, nos daríamos cuenta que a pesar de estas líneas divisoras el Cuerpo de Cristo ¡no está dividido! pues… ¿acaso Cristo está dividido? (1 Cor. 1:13). Creo que si pudiéramos vivir aquello que tanto cantamos: “Abre mis ojos, oh Cristo…” o “Yo quiero ver la vida como tú”, si tan solo hiciéramos esto, pudiéramos ver la Iglesia como Dios la ve: sin divisiones, sin aquellas líneas que clasifican a los cristianos. Veríamos a la gran Iglesia de Cristo como Una, Santa y Apostólica y esto nos llevaría a aceptarnos y a amarnos los unos a los otros.

Necesitamos aprender a ver a la Iglesia como el Señor la ve desde el cielo ¡sin división! y debemos hacer de esa  visión nuestra visión. Vivamos declarando: ¡Somos uno! pues es así como el Señor nos ve. Si miramos a la Iglesia con la óptica humana veremos sus horribles divisiones, pero si la vemos con la óptica divina, la veremos como una.

¿Cómo podemos hacer esto?

Sencillo, sigámosle las pisadas al Espíritu. Pablo escribió: “Los que son guiados por el Espíritu de Dios, ellos son hijos de Dios” (Rom. 8:14). Aquí la palabra “hijo” en griego es “juiós” que significa “hijo maduro”. Así que, en la mente de Pablo son los creyentes maduros los que saben dejarse guiar por el Espíritu de Dios. Y ¿qué es lo que está haciendo el Espíritu hoy? Dennis Bennet, sacerdote episcopal norteamericano y uno de los pioneros del movimiento carismático, expresó en los ochentas que “el principal trabajo del Espíritu en las iglesias, es la unidad de los cristianos, que es el verdadero movimiento ecuménico” (El Espíritu Santo y tú, Logos).

Si esto es cierto, y creo que lo es, entonces: ¡sigámosle las pisadas al Espíritu! Colaboremos con él en su trabajo de unidad en el pueblo de Dios, dejémonos guiar por él. No temamos el acercarnos, reunirnos y confraternizar con cristianos de confesiones distintas a la nuestra. Al contrario, promovamos estos encuentros. Así comenzaremos a ver lo mucho que ya tenemos en común y que nos une, en lugar de concentrarnos en las líneas divisoras hechas por el hombre y podremos manifestar que aún seguimos siendo uno.

Si tan solo los cristianos pudiéramos ser guiados por el Espíritu y no por nuestras tradiciones denominacionales, nos daríamos cuenta de lo bello que es su trabajo ecuménico, ya que estas tradiciones son las causantes de nuestra separación. Recordemos que fue la Ley, con todas sus ordenanzas y tradiciones, las que separaron a Israel de las otras naciones. Esto los llevó a creerse únicos para Dios y dueños de la salvación. Lo mismo hacen hoy nuestras tradiciones. Ellas nos separan de nuestros hermanos cristianos de otras comunidades y nos hacen sentirnos “mejores” o hasta “superiores” que ellos.

Quiera Dios que los creyentes pasemos por encima de nuestras aparentes divisiones  y nos abramos a la guianza ecuménica del Espíritu Santo. ¡Ese día, la Iglesia será visiblemente una! Porque lo que hoy nos divide son las normas y tradiciones que intentan guiar la Iglesia en lugar de ser ella guiada por el Espíritu. Como escribió el argentino Eduardo Basombrio, en su libro Ecumenismo: Obra del Espíritu Santo: “Para la tarea ecuménica todos debemos necesariamente ser guiados en todo por el Espíritu de la verdad y de la unión”.

Estamos próximos a la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que es una semana en la que creyentes de todo el mundo oran por el restablecimiento de la unidad visible en el pueblo de Dios. Esta semana de oración ecuménica ya lleva más de cien años. Indudablemente, el Espíritu Santo es el motor de ella, él está suscitándola, guiándola y motivando a los creyentes a involucrarse en ella. Por eso, el no ser ecuménico es sencillamente, no seguirle las pisadas al Espíritu. El no pensar de manera positiva sobre la unidad cristiana, es no ver lo que él está haciendo hoy. Recordemos que “los que son guiados por el Espíritu, son hijos maduros de Dios”, por ello, como hijos e hijas de Dios que andan en madurez aceptamos y buscamos relaciones fraternas con creyentes de otras denominaciones, porque esto es lo que hace el Espíritu y nosotros debemos seguirlo. Eduardo Basombrio nos vuelve a decir que “seguirle a él es lo que debemos hacer todos los cristianos de cualquier iglesia que sea, si nos queremos unir entre nosotros en la única Iglesia de Cristo. Cuando no lo seguimos, estamos volviendo a la separación” (Ecumenismo: Obra del Espíritu Santo).

No temamos entrar a un lugar en donde el Espíritu ya se encuentra trabajando. Sea un templo evangélico, adventista, una basílica católica o un templo ortodoxo. Si él está allí, ¿qué mal podría pasarnos? He notado que muchos tienen miedo de entrar a una comunidad que no sea la suya, y esto es triste. Sepamos pues, que el Espíritu Santo es la persona más ecuménica que existe hoy en la Iglesia y en la tierra. Él ha sido derramado sobre toda carne, él está sobre toda la tierra habitada  y sobre toda su casa (oiko umene: casa habitada, ecumenismo). Él está moviéndose entre los pentecostales/carismáticos en sus cultos fervorosos, y también entre los anglicanos en sus servicios litúrgicos. Sin hacer ninguna diferencia está con los evangélicos fundamentalistas participando en sus reuniones e inspirando celo por la Palabra de Dios.

Está entre los católicos que han proclamado a Jesús como el Señor de sus vidas. ¡Está en sus comunidades y en sus misas! Se mueve en el Vaticano y en cada parroquia en el mundo. Reposa sobre el Papa y lo guía. A su vez, está ungiendo con su poder a los adventistas, dándoles un amor profundo por el segundo advenimiento de nuestro Señor.  ¡Oh, qué esperanza! El Espíritu Santo los guía a proclamar: “¡Maranatha, ven Señor Jesús!”. Se mueve también entre los metodistas y ortodoxos, guiándolos en sus vidas y servicio al Señor.

Como vemos, el Espíritu Santo es la persona más ecuménica sobre la faz de la tierra y por eso, ser guiados por él, cosa que sólo lo hacen los maduros, es también andar por sus sendas ecuménicas.

Pedro M. López Castillo

 Pastor y teólogo pentecostal, representante en el Perú del Foro Pentecostal Latinoamericano y Caribeño y miembro del Equipo Interconfesional para la Unidad de los Cristianos.

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