Dame de Beber

Para este año se ha escogido este texto del Evangelio según San Juan para iluminar nuestras reflexiones y devociones en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que todos/as hemos venido haciendo a nivel personal y en forma colectiva. Y se ha escogido como tema, “Dame de Beber”, que nos provoca hallar un punto de diálogo que indica una aproximación, un puente, entre los hablantes, determinada por una necesidad específica, la sed.  Dame de Beber, es el pedido que el solicitante necesitado hace al otro/a la otra, impulsado por una necesidad vital, esperando una respuesta recíproca, adecuada al requerimiento: Se espera ante la necesidad, un satisfactor. Ante el necesitado/a, un donante solidario.

Y lo menos que podemos esperar, son respuestas condicionales y condicionantes, y esquivas. Eso es, sin embargo, lo primero que nos da el relato, como respuesta de la donante ocasional al solicitante/necesitado. Es esta respuesta esquiva, sin embargo, la que dinamiza la conversación que deviene en encuentro, el encuentro que deviene en reconocimiento, el reconocimiento que deviene en conversión.

Esperamos que esta semana hallamos podido tener la posibilidad de conversar, encontrarnos, reconocernos y convertirnos, en primer lugar, con el Señor, y con nuestros hermanos y hermanas, y con nosotros mismos. Que el Señor nos haya demandado y que nosotros – como la mujer samaritana en el relato – hallamos demandado también a él, y de él, lo que hace nuestra vida humana plena, el gozo de la participación de su Espíritu para que brote de nuestro interior, ríos de agua viva.

Dos prejuicios “irreconciliables”.

Desde el texto que hemos leído podemos dar cuenta de las barreras que rompen e inutilizan cualquier esfuerzo de unidad entre las personas, los prejuicios, que en la práctica de algunos/as, en las tradiciones de las que venimos, muchas veces tienen un carácter absoluto, siendo irreconciliables, con el interés y la necesidad del encuentro y la participación común.

Lo que encontramos en el texto son dos prejuicios que tipifican a otros tantos, que, sin embargo, son comunes aún en nuestro tiempo y experiencia personal y comunitaria. Presentes, aún, a pesar de que en algún sentido los hemos creído superados. Estos son:

a) El prejuicio cultural / racial que lo expresa en el texto, por nosotros, la samaritana: “como tú siendo judío, me pides…”. Nuestros esquemas mentales, creencias, y tradiciones, cerrando las posibilidades de vivir la universalidad de nuestra humanidad. El color de nuestra piel, o el origen del cual venimos, negando la relación con los otros, y encerrándonos, a nosotros mismos en nuestro mundo propio.

b) El prejuicio cultural / género, expresado en el texto, por nosotros, por los discípulos  judíos de Jesús: “se sorprendieron al verlo hablando con una mujer…”. Es el entorno del que hemos recibido nuestra formación, nuestros valores, que limitan nuestras posibilidades para pensar, y encontrar nuevos límites para nuestra convivencia. En culturas como las nuestras, en iglesias como las nuestras, todavía siguen siendo barreras irreconciliables el compartir la conversación y roles de autoridad, entre hombres y mujeres. Los hombres siguen siendo los titulares del discurso, y del poder. Espero que esta noche nadie se sorprenda viendo a una mujer hablando en este lugar.

¿Qué barreras/prejuicios enfrentamos hoy?

¿Qué barreras tenemos que nos impiden salir de nosotros mismos hacia los otros?.  ¿Cómo sufrimos nuestras batallas mentales, espirituales, subjetivas, que nos impiden reconocernos y encontrarnos con los otros/as?.

¿Nuestros prejuicios se superponen a nuestra sensibilidad, y la solidaridad?. No vemos al “otro prójimo” sino al diferente, al contrario, “al enemigo”, por cultura, ideología, sexo, clase, creencias, etc.

¿Nuestros prejuicios se superponen a nuestra misión como cristianos y cristianas: discriminando y excluyendo a quienes no pertenecen a nuestro círculo, a nuestra comunidad moral, religiosa, social?. Planteados estos problemas y limitaciones, ¿Quiénes pueden ser los destinatarios de nuestra misión?, ¿Para quienes hablamos y hacemos nuestro servicio como ciudadanos del Reino? ¿Hacia dónde hacemos y enfocamos nuestra misión y comunión?.

¿Quién nos pide “dame de beber”?. Respondemos, todavía, ¿cómo tú siendo católico, ortodoxo, luterano, metodista, pentecostal, carismático, me pides agua para beber?. El texto nos invita a ir a lo esencial en la búsqueda de la unidad: la persona humana. La persona humana necesitada de encuentro y reconocimiento, de acogida en el Padre, de conversión, de vida plena. Esa es nuestra propia sed, porque estamos sedientos de lo que muchas veces negamos a los otros: necesitados de encuentro y reconocimiento, de acogida en el Padre, de conversión, de vida plena. El otro/la otra, que nos pide de beber, es el OTRO que viene a nuestro encuentro, como oportunidad para nuestra salvación como personas.

La unidad de los cristianos: un orden nuevo para una humanidad nueva.

De esto debemos aprender que como cristianos y cristianas, orar y trabajar por la unidad, es un principio común, esencial, que nos compromete a orar y trabajar por nuestra salvación. No nos salvamos solos, no podemos vivir el acontecimiento de nuestra fe, en la sola individualidad (o parcialidad). Somos un cuerpo, una casa, una familia, y tenemos un Padre común que está en los cielos y en la tierra, para vivir donde estamos dos o más reunidos en su nombre.

La batalla que tenemos que librar, en la gracia de Dios, es la superación de las barreras y prejuicios, que nos alienan y separan. El Señor, ha derribado,  los muros de separación para hacer de dos, un solo pueblo. Y en él, ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer, porque todos y todas somos uno, en Cristo.

Un modelo: La mujer samaritana

La samaritana, merece una consideración especial en nuestra oración y trabajo por la unidad que nos ocupa y anima nuestros esfuerzos. Debemos venir a este encuentro y reconocimiento premunidos de valores y un carácter que nos ayuden a crecer en aceptación y acogida.

La samaritana, es una mujer empoderada. Está frente al otro, y dialoga con conocimiento de causa. Consciente de su identidad, discierne las diferencias (tú eres judío/yo samaritana), conoce sus tradiciones, y está afirmada en sus creencias locales, particulares; conoce el proyecto salvífico de su fe, y también comparte la espera del Mesías.

La samaritana es una mujer con criterios críticos y con iniciativa. Su ejemplo nos permite acercarnos a la oración cuestionando y cuestionándonos en nuestras tradiciones, comparando y discerniendo nuestras creencias, pero, con capacidad de experimentar nuestra propia conversión para salir (ir) a comunicar el evangelio (la buena noticia), de nuestro encuentro con el Señor. Que en esta semana de oración que hemos sostenido como iglesias y cristianos/as, nos haya revelado el evangelio del Señor, para saber que hemos estado con él, y vayamos a comunicarlos a los nuestros en nuestras propias comunidades. Que esta semana haya sido un tiempo de evangelización de nosotros/as mismo/as para ser evangelizadores/as en una iglesia que tiene sed de renovación y de experimentar encuentros más profundos con el Señor, que tiene ríos de agua viva para nosotros/as.

La comunidad del espíritu – la unidad del Espíritu

Terminamos esta semana de oración por la unidad de los cristianos con una convicción y una manifestación de la Gracia, expresada en la samaritana: ella es una hija de Dios, ella es una discípula del Señor, ella es un canal de bendición por el Espíritu que la habita. Es participe de la comunidad del Espíritu, en la perspectiva de vivir y realizar comunión con el Señor, en espíritu y en verdad. Somos los samaritanos de la vida, que nos hemos encontrado con Jesús para ser verdaderos hijos de Dios, sus adoradores.

Concluimos esta semana de oración con el compromiso de  des-construir todos nuestros prejuicios y barreras, de toda índole, sociales, culturales-religiosos, de género. Y no vemos más en nuestros hermanos y hermanas al otro/otra (con minúscula), sino al OTRO, que está con nosotros, aunque escondido, en el que nos pide que le demos de beber, aunque es el que tiene reservada para nosotros y nosotras, Fuentes de Agua Viva, que desborden en nuestra vida.

Ps. María Elena Zelada Valdivia

Lima, enero 2015
Celebración Central de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Semana de Oración 2015
Etiquetas: , , , , ,
Guardado en Articulos