El cuerpo crucificado de Jesús: Robado o Resucitado

Acabo de terminar de leer el libro “La sombra de Masada”[1] del autor español Javier Arias. Es una historia profundamente triste por lo desgarradora de sus escenas y, al mismo tiempo, asombrosa por la intensidad que el autor les imprime a sus personajes. Allí se narra la historia de la última resistencia judía de proporciones legendarias protagonizados por los zelotes de mediados del siglo I de n.e. Lo que llamó mi atención fue la descripción que el autor hace del ambiente de profunda tensión sociopolítica y religiosa que se vivía en Jerusalén en los años posteriores a la crucifixión de Jesús.
No eran años fáciles para los movimientos nacionalistas de resistencia, ni tampoco para los seguidores de Jesús. Los zelotes se enfrentaron a las legiones romanas y perdieron; los discípulos se escondieron por temor a ser crucificados como su Maestro. Sin embargo, la angustia era más intensa para los seguidores de Jesús porque, aparte de la impuesta por los romanos, el Sandedrín los acosaba e impedía vivir su nueva espiritualidad sin correr el riesgo de ser perseguidos y asesinados. Para comprender los relatos de resurrección narrados en los evangelios, así como los relatos de conversiones masivas narradas en el libro de los Hechos de los Apóstoles e interpretar con mayor precisión histórica los relatos de persecución y martirios narradas en el libro del Apocalipsis es preciso colocarlos en este contexto sociopolítico y religioso de profunda tensión que se respiraba por aquellos años.

Interpretaciones paralelas de la resurrección
Tal como se lee en el evangelio de Mateo, en la ciudad de Jerusalén corrían dos interpretaciones paralelas respecto al cuerpo crucificado de Jesús. Para sus discípulos, Jesús ha resucitado de entre los muertos (28, 1-8); en cambio, para el Sanedrín, su cuerpo fue robado por sus mismos discípulos (27, 62-66; 28, 11-15). ¿Cuál de las dos versiones resultó ser la más creíble para los judíos? ¿Cuál de las dos convenía creer?
Antes de responder a estas preguntas ayudaría recordar que los discípulos, después de la crucifixión de Jesús, se esparcieron (Jn. 16, 32), se escondieron atemorizados (Jn. 20, 19) y, posiblemente producto del shock postraumático, se resistieron a aceptar que resucitó (Lc. 24, 36-40). Temían ser identificados como sus seguidores, ser acusados de subvertir la paz social y terminar clavados en una cruz (Lc. 23, 2). Los romanos, que estaban alertas ante la amenaza de un desborde social por la muerte de su Mesías, ubicaron a sus soldados en toda la ciudad dispuesto a reprimir el menor indicio de revuelta. El Sanedrín, por su parte, que no se fiaba del respaldo popular que había recibido en el patio de la casa de Pilato, cuando la multitud gritó a voz en cuello ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!, no se sentía seguro. Sabían que ese respaldo era producto tanto del temor como del interés popular. A la mayoría de los habitantes jerosolimitanos les convenía estar de parte de las autoridades judías y romanas porque eso les permitía conservar la vida.
Sin embargo, una parte pequeña de sus seguidores[2] se debatía entre creer que el cuerpo de Jesús había resucitado o aceptar que fue robado. La segunda versión era la más creíble que la primera no sólo porque era la más verosímil, sino porque era la más conveniente. Vale recordar que la doctrina de la resurrección no era del todo aceptada entre los judíos. Para los fariseos la resurrección era posible, en cambio para los saduceos, no. Así que, creer o no creer en la resurrección no era definitivo. Sólo los que admitían las enseñanzas de los fariseos aceptaban la resurrección de Jesús. Ante este contexto sociopolítico y religioso de profunda tensión, la versión del Sanedrín terminó imponiéndose por su conveniencia y mayor verosimilitud.

Un nuevo contexto para las narraciones de resurrección
No sólo no era conveniente hablar la doctrina de la resurrección, sino que era casi imposible  hablar de la resurrección de un condenado por sedición y blasfemia; hablar de ella resultaba altamente riesgoso y, al mismo tiempo, fácil de ser interpretado como una abierta provocación al poder político-militar de Roma y al poder político-religioso del Sanedrín. Nadie en su sano juicio querría colocar su vida y la de su familia en riesgo. Nadie en su sano juicio se atrevería a cuestionar la autoridad de sus gobernantes.
Para hablar de la resurrección se tuvo que esperar 40 años aproximadamente. Durante todo ese tiempo la versión del Sanedrín ganó terreno. Sin embargo, la versión de aquel pequeño grupo de discípulos se mantuvo como una creencia subterránea. Los seguidores fieles, aquellos que habían sido testigos directos de los milagros de Jesús o aquellos que habían escuchado de su boca de que resucitaría, ellos se atrevieron a creer a pesar del riesgo que esto implicaba. No sólo creyeron sino que cuando el contexto sociopolítico y religioso cambió, se atrevieron a proclamarlo. La resurrección de Jesús era el credo más importante de las primeras comunidades cristianas al punto que, cuando les tocó escribir su evangelio, lo escribieron de atrás para adelante, es decir, leyeron la vida de Jesús desde la resurrección. Del mismo modo, instauraron la eucaristía para conmemorar su victoria sobre la muerte y la derrota de la muerte misma. Elaboraron sus liturgias teniendo como centro gravitacional el partimiento del pan. Si bien al principio tuvieron que hacerlo escondidos en lugares seguros y libres de espías, ahora lo podían hacer con mayor libertad. Estos primeros cristianos resistieron pacíficamente la embestida farisea y romana, y triunfaron.
Cuando la tensión disminuyó y el contexto se volvía más favorable se dispusieron a proclamar su fe para evitar que desapareciera. No sólo tuvieron 40 años de desventaja sino que afrontaron el hecho de que los primeros testigos, en su mayoría, habían muerto. Era preciso esparcir la otra versión de la resurrección. Los relatos de las grandes conversiones que narra el libro de Hechos de los Apóstoles tienen esa premisa; se colocaron ahí para convencer a la audiencia que la versión preservada por los testigos presenciales era auténtica y se estaba confirmando. Dónde quiera que se leyeran dichos escritos se esparcía la otra versión de la resurrección. Lo mismo sucede con los relatos de persecución y martirios narrados en el Apocalipsis. La invocación que ahí se hace es: ¡Sí, Jesús ha resucitado! Es decir, ¡Dios le hizo justicia como lo hará con los mártires! Esa invocación sirvió para animar a los creyentes a ser fieles aun a pesar de la muerte (Ap. 2, 10). Estas narraciones tiene el propósito de instalar en el imaginario popular la versión preservada por el pequeño grupo de seguidores de Jesús para el recuperar el terreno que cedieron a la versión del robo.

Conclusión
Lo que nos dicen estas narraciones es que el cuerpo de Jesús no fue robado sino resucitado por Dios como confirmación de su poder y explícita desaprobación de su muerte. Es preciso recordar que a Jesús lo mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió. Con su muerte sus enemigos quedan desenmascarados y se evidenció su sistema perverso e injusto que mata al inocente. Con la resurrección de Jesús no sólo queda al des-cubierto la injusticia del sistema romano, sino que pone en evidencia la realidad de los injusticiados. Con la resurrección del crucificado se afirma el reino de la Vida y la Justicia y se rechaza el reino de la muerte. Con la resurrección de Jesús triunfó la fe de la comunidad fiel y creyente y no el cálculo político-religioso del Sanedrín. Así los relatos de resurrección no sea históricamente reales su interpretación es una de las herencias más poderosas que ha legado el judeocristianismo del primer siglo a la iglesia cristiana y al mundo en general: la vida triunfa sobre la muerte.

Mario Mercedes
Lic. en Ciencias Teológicas por la Universidad Bíblica Latinoamericana, San José – Costa Rica.


[1] ARIAS Artacho, Javier. 2009. La sombra de Masada. El peor enemigo está dentro de la fortaleza. Madrid. Editorial Libros Libres.
[2] Este grupo de seguidores es identificado por Lc. 12, 32 como “rebaño pequeño” (BJ) o “manada pequeña” (RVR).

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